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COLUMNA / VINILO CON GASEOSA
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Cómo intentar morir y no morir en el intento
Pepe de los Palotes & Adam Tarco, Vinilo con gaseosa |
Extracto de la tesis doctoral acerca del llamado "Trauma Tortuga", por Pepe de los Palotes y Adam Tarco, del instituto Pelillos a la Mar, asociado a www.vinilocongaseosa.blogspot.com
Las tortugas, se descubrió hace poco, son animales desdichados. Lo mismo que los caracoles. Cientos de estudios de 30 m2 en Barcelona (¡perdona Rita!) lo demuestran: las carreras de animales donde hay implicadas tortugas, caracoles y otros animales de tracción lenta les provocan una depresión galopante y una impotencia insoportables. Dejan de creer en sus dioses (el Dios Lechuga, por ejemplo), y se vuelven si cabe más apáticos. Llega un momento que uno no sabe si están muertos o casi muertos. A este trastorno de personalidad y cambio de gustos musicales (de Bisbal pasaron a Julio Iglesias, y de aquí a la voz en directo de Enrique Iglesias) lo llamaron el Trauma Tortuga.
El Trauma Tortuga se manifiesta en seres humanos recién salidos del metro en hora punta, recién pestañean mientras ven a María Patiño por la tele, cuando hacen una lasaña en un microondas y ésta salpica cuando se calienta, o si reciben una picada del mosquito Tigre y no les sale llaga. Estos ejemplares humanos se vuelven más anodinos que las inflexiones tonales y nasales de Ben Affleck, y quien era antes todo un Raphael desatado en un Gaixample o Chueca Town es ahora el pardillo de la clase del insti, que pensaba que hacerse una paja era querer ser granjero de mayor.
La cuestión es que estos zánganos terminan por visionar todas las películas de Crispin Hellion Glover, ríen como él en Regreso al futuro, se creen Livingstone en Lima, y acaban con un intento de suicidio que nunca da resultado. El más claro ejemplo fue el de aquel señor que se llamaba igual que la localización de la mansión-picadero de Gran Hermano, el señor Guadalix de la Sierra Morena. Intentó ahogarse en un vaso de agua, luego echó a correr para tirarse por un acantilado y sólo resbaló por un terraplén, y por último intentó en vano ahorcarse de la cola de una ardilla, terminando luego casado con ella.
Otro caso célebre de suicidio frustrado fue el de aquella mujer, Elisa Qué Pena, que en una estación de tren se lanzó a las vías saltando como Spiderman, desatada y con espumarajos en la boca, pero nunca llegó el tren al haberse producido una avería en Cercanías que duró tres semanas. Luego lo intentó en el metro, pero jamás consiguió llegar a las vías debido a la infranqueable masa humana que había acumulada. Más tarde se puso un camuflaje y se infiltró entre el asfalto del Aeropuerto del Prat, pero hubo una vaga muy gorda que parecía una vaca. Elisa, desesperada, trató por último de electrocutarse enganchándose a un perro que sufría un cortocircuito espontáneo (los humanos sólo sufren combustiones espontáneas) y luego de echarse un pote de sal encima (creía que iba mejor, porque su madre siempre le había dicho de pequeña que era muy salada), tomó tierra más allá del núcleo terrestre, o sea, la cripta donde Pujol guardó la liga que le quitó una vez a Nuria Feliu, y Barcelona sufrió el peor apagón de su historia. Ella siguió viva, y todavía sigue dando caceroladas. En su barrio, hartos de sus cazuelas y cacerolas, la llaman ahora “la que está ida de la olla”. Cruda realidad. Seguiremos investigando…
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