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27 de diciembre de 2007/
Redacción Whisky /

 

 


COLUMNA / LECCIONES DE URBANIDAD

  A la muerte de un genio
José Cruz Arcela, Los arrabales de Macondo

Probablemente no tenga que deciros que me uno a la inmensa tristeza que recae sobre todos nosotros, y aprovechando la ocasión quería dedicar estas humildes líneas a la figura del Dr. Efigenio Pérez Pérez, el inventor de las palabras compuestas, que nos ha dejado recientemente para ir a donde ningún hombre ha ido antes (al cementerio nuevo que han abierto a las afueras de la ciudad).

Pocos podrían imaginar que aquel imberbe muchacho que cursaba estudios en la universidad sorprendería a propios e impropios al publicar la que luego encabezaría la etapa juvenil y rebelde de sus escritos, aquel Palabras compuestas, las furcias del lenguaje vendría a crear un revuelo en el ámbito académico que se ocupa de las ciencias del lenguaje, sea este el que sea.

De esta etapa podríamos destacar que muchas de sus invenciones fueron usadas con malicia por sus contemporáneos, su uso fue malversado, expresiones como “rabicorto” o “tragaldabas” hicieron mucho daño a aquellos a quienes se dirigieron, si bien Efigenio siempre negó que el significado que se les daba fuera el que él había pensado en un principio, es más, declaró que jamás había pensado nunca nada.

Ya en su madurez y con la fama de sus contemporáneos ganada, fue inevitable que aparecieran otros intelectuales que buscasen el abrigo de la fama arrimándose a la hoguera de Efigenio, todos recordamos al doctor Ubrique, que intentó repetir el éxito en el campo de las palabras compuestas con sus ensayos Im-prezionante: Una gloriosa enmienda a la gramática del siglo XXI o aquel ¿De qué hablamos cuando hablamos de toros? que tuvieron escasa repercusión en los ámbitos académicos, especialmente el último, ya que los catedráticos no entendieron muy bien a santo de qué ese hombre publicaba un manual de la cría de toros en la editorial de una facultad de letras.

De esta etapa datan algunas de sus palabras más optimistas, "arcoriris", "pasodoble", "avemaría" (que mereció que el gran poeta, Bisbal, le dedicara una oda), "pasatiempo", "bienvenida"… Todas ellas fueron reflejo del gran momento de forma de esa portentosa mente: el genio estaba en lo más alto.

No es de extrañar que se empezasen a publicar compilaciones de sus obras más destacadas en lujosas ediciones que generaron píngües beneficios que si bien le procuraron la estabilidad y comodidad por la que cualquier intelectual es capaz de matar, más tarde fueron la fuente de quebraderos de cabeza al ser acusado de malversación (años después, y tal y como confesó a su círculo interno, le dolió que usasen una palabra compuesta en la acusación).

Con 40 años recién cumplidos, las autoridades judiciales devoraban su riqueza y la prensa del corazón arremetía contra él por aquella relación con una alumna (supongo que no se hubiese armado tanto escándalo si por aquel entonces Efigenio no hubiese estado dando clase a un curso para mayores de 75 años) y por último la Iglesia se abalanzó sobre él, haciendo una acusación de ateísmo por inventar palabras como “vivalavirgen” o “santiamén” que hacían sospechar de una irrespetuosidad hacia las instituciones eclesiásticas. No niego que la acusación de ateísmo sea grave, ¿a qué profundidades de la depravación, a qué asesinatos y connivencia con el mal no se rebajaría un ateo? Pero puedo asegurar que Efigenio fue una persona piadosa y temerosa de Dios y de las bocas de Metro durante toda su vida.

Recuerdo cómo trabé conocimiento con él: fue en la cafetería de la facultad a las 09:30 de la mañana, fui a la barra a pedir un café y se abalanzó sobre mí llamándome “Tommy” y exigiendo que me alejase de su hija, tras lo cual cayó al suelo redondo. He de reconocer que fue chocante como poco, pero supe, mientras me limpiaba su babilla de los mocasines, que me encontraba ante un genio.

De esta época amarga y oscura datan algunas de sus obras más polémicas: sus más acérrimos detractores le acusaban de utilizar sus libros para atacar a las personas de su entorno que le habían traicionado. Si bien este extremo nunca ha sido demostrado, la fama académica que han alcanzado obras comoEl poder de las palabras y el hijoputa de mi abogadooEl lenguaje como vehículo hacia la realidad y Magdalena eres una cabrona difícilmente se podrán olvidar.

Así pues, quede este pequeño opúsculo como recordatorio de lo grande que fue Efigenio Pérez Pérez, el llamado “Wittgenstein de Badajoz” y de su legado imborrable.

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