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30 de noviembre de 2006 /
Redacción Whisky /

 

 


REPORTATGE
mNACTEC
El Museu Nacional de la Ciència i la Tècnica de Catalunya, afincado dentro de una antigua fábrica téxtil, tiene de media dos visitantes al día, y el resto lo forman las visitas escolares, que son las que han subido las estadísticas hasta los dos millones de visitas anuales. A este reportero de EMW le sorprendió ver la exposición FOTCIENCIA, consistente en cuatro murales mal puestos con una foto en cada uno y una explicación de tres líneas, algunas en francés y otras en chino mandarín.

Nos recibió el director del museo, el señor Casanelles:
“El patrimonio industrial en Catalunya es muy importante. ¿Es que no lo ven? Todo lo que les rodea es importantísimo. Pero vean, vean estas fotos. Y estos experimentos de aquí al lado. Prueben a apretar el botón de este mural para ver la animación que les explicará cómo funciona la energía solar”.
Pero la televisión estaba apagada. En la de al lado había una pantalla azul de error de Windows. Menos mal que pudimos aprender algo gracias a los textos que acompañaban las exposiciones, de seis líneas como mucho.
“El pasado industrial es importantísimo”, declaró Casanelles. “Es más, creo que ningun ciudadano dormiría tranquilo si no entrara jamás aquí”.
Vimos también una exposición itinerante sobre el patrimonio industrial en las costas. Los textos eran Times New Roman tamaño 0,002 y casi todo escrito en francés, inglés, italiano, y véte a saber tú qué más. En catalán había un texto del propio director.
“¿Quieren una copita de cava catalán?”, nos ofreció.
Mi ayudante escribano (otros lo llaman negro) y yo huímos por la puerta de entrada. Ahí contemplamos un sello de proporciones bíblicas.
“Ah”, dijo Casanelles, persiguiéndonos, “es una exposición nueva sobre un sello que se editó con la imagen del museo”.
“¿Hacen un sello y ustedes le dedican una exposición?”, pregunté, pero no me escuchó porque estaba contemplándose el ombligo y jugueteando con él. Le pregunté si le había puesto nombre a su ombligo. “Sí”, contestó, “se llama Patrimoni. ¡Cuchi cuchi, Patrimoni, qué bonito eres!”.
Volvimos a huir. Ahí no había un alma. Ya en la calle, una gigantesca placa fotovoltaica amenazó con caersenos encima. Supongo que huelga decir a estas alturas que aquél día llovió. (Más...)



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