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WHISKYREPORTAJE
A
merced de los tejones
Un estudio psiquiátrico desvela al fin la sorprendente
e irrefrenable pasión del ser humano hacia este “simpático”
y desconocido mustélido

Sigmund
Freud ya nos intentó avisar...
Arístides
Crowe y Pamela Willer, Universidad de Michigan
/ Traducción: María Rebolledo
“... Y al tercer día resucitó, para regocijo
de todos los tejones”. Este fragmento del Nuevo Testamento (ocultado
voluntariamente por la Iglesia desde 1589) siempre ha traído
de cabeza tanto a teólogos como a psiquiatras, durante más
de 1.500 años. Los monjes franciscanos de la Abadía de
Moretti, en Rimini, allá por el siglo XIV, hicieron en su día
diversos estudios al respecto, siempre a espaldas del Vaticano, pero
ninguno de ellos fue en absoluto concluyente.
En
1900, cuando Sigmund Freud publicó “La interpretación
de los sueños”, el tema volvió a la actualidad,
olvidado por mandato casi gubernamental durante tanto tiempo. Freud
desveló un dato realmente intrigante: en todas las hipnosis que
él había realizado en su dilatada carrera profesional,
en todas y cada una de ellas, el paciente acababa haciendo alguna referencia
al tejón. Era una figura recurrente, inquietante y premonitoria
de acontecimientos desagradables. Freud asoció igualmente la
Enfermedad del Susto Nocturno, muy habitual a mediados del siglo XIX,
con los tejones, rebautizándola incluso con el nombre de “La
tejonaria”.
Viena,
27 de noviembre de 1901
“El paciente presenta una esquizofrenia
patológica de carácter crónico, basada en el chillido
insistente del tejón. Es muy probable que el paciente ansíe
mantener relaciones sexuales con un meles meles, aunque quizás
lo que quiera sea violar a su madre y matar a su padre con una espátula
de barbacoas”.
Salzburgo, 2 de agosto de 1905
“Es una mujer de avanzada edad, que no deja
de soñar con tejones. Quiere darles de comer, y arroparlos en
sus camitas, cantarles una nana y pagarles la universidad”.
Braunau
am Inn, 15 de mayo de 1909
“Este quizás sea el caso más
extraño de todos los que me encontrado: el paciente, un joven
de 20 años, padece una terrible “tejonaria”, agravada
por un enfermizo complejo de inferioridad y un extremado mal gusto por
la pintura. Está obsesionado con visitar Polonia en septiembre
y no entiende que cuando alguien dice “no” es que NO”.
¿Pero
qué hizo realmente aumentar el interés de Freud por los
tejones? Fue el malestar continuo de una de sus hijas, Anna, que luego
seguiría los pasos de su padre en el estudio del psicoanálisis,
lo que hizo preguntarse a Sigmund si ésta no había contraído
en efecto la horrible “tejonaria”. En 1912, mientras Anna
residía en Merano después de finalizar sus estudios secundarios
en el Lyceum, Sigmund recibió una carta de su hija en la que
le explicaba sus continuos dolores de cabeza, su enfado por no permitírsele
asistir a la boda de su hermana Sophie y cuánto añoraba
al pequeño Liri. Resultó que Liri era un tejón
que habitaba en un manzano, situado cerca de la casa familiar, que atacaba
a cuantos pasaban por su lado, contagiándoles lo que todos creían
como rabia. ¿Cómo podía Anna echar de menos a tan
horrendo animal?
Anna
y Liri mantenían, sí, una relación sentimental,
prohibida y secreta. Liri era capaz de satisfacerla sexualmente hasta
altas horas de la madrugada. Ella apenas contaba con 17 primaveras.
Freud se exaltó primero, para dedicarse después al estudio
de este animal que le estaba arrebatando a su querida hija.
Desgraciadamente,
antes de que Sigmund Freud pudiese interrogar al tejón, éste
murió de una sobredosis de morfina (paradójicamente, la
misma muerte que aguardaba al célebre psicoanalista). Anna fue,
pues, el primer caso conocido de ser humano que consume su amour fou
por el tejón. En realidad, esto es algo que deseamos hacer todos.

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