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WHISKY-REPORTAJE
Ben
tenía un sueño
Por ARÍSTIDES CROWE, periodista y JONATHAN
LEICHT-ROBINSON, periodista, investigador y documentalista
/ Traducción: ERNESTO URRIETA
Jonathan
y yo llegamos muy pronto a la redacción del Star-Ledger
de Newark, situada justo en las catacumbas del Lefcourt-Newark
Building. Allí nos recibe su director, Hank Rotzenweitz,
un hombre cansado que ha descubierto hoy mismo que tendrán que
operarle de cataratas dentro de tres meses. “Una alegría”,
dice irónico, pero aún así se muestra tan simpático
como siempre. Los tres nos conocemos desde hace ya muchos años:
yo he ido alternando el periodismo con la literatura en Barcelona, y
Jonathan se mudó a Ginebra con su esposa, pero en todo este tiempo
no hemos dejado de rendir pleitesía por lo menos una vez al año
a nuestro mentor. Es como ir a la Meca.
Hank
nos ofrece café y una pasta: “Lo siento chicos, no hay
presupuesto para más”. Nos señala el asiento, que
yo acepto, mientras que Jonathan prefiere dedicarse a chafardear los
premios y menciones a toda una vida dedicada al periodismo. “Johnny,
no me rompas nada, gracias”, apunta Hank, con su habitual tono
entre sarcástico y asustadizo. A Jonathan le sorprende una risita
histérica: sin querer ha resquebrajado una punta del Pulitzer
que le dieron por el reportaje de un cazabombarderos derrocado en las
inmediaciones de Nantong y hallado veinte años después
en la costa de Puerto Rico.
Como
siempre sucede, Hank tiene una exclusiva que nos regala gustoso, “Yo
ya estoy viejo para perseguir fantasmas, y mis chicos están demasiado
ocupados poniendo a parir a Cory Broker (el alcalde de Newark)”.
Se sienta, intrigante, en su peludo asiento de ante, dándole
la espalda a un rijoso callejón que se alza gustoso detrás
de la ventana (“Creedme, es mejor no ver lo que hay más
allá, y tampoco tenemos dinero para cortinas...”): “¿Conocéis
a Ben Affleck? Le conocéis, claro; pues tiene un chip implantado
en su cerebro que vuelve locos a todos nuestros satélites”.
A nuestro ataque de risa le sigue una mirada recriminatoria de Hank
que nos congela el alma: “¿Qué pasa, que todos estos
años enseñándoos lo que es hacer periodismo del
bueno no os han servido de nada? ¿Ya no sabéis reconocer
una bomba cuando la tenéis delante?”. “No es eso
Hank –digo–; ¿esto no será como cuando nos
dijiste que China estaba creando un ejército marítimo
de calamares drogadictos, o como cuando nos aseguraste que Lincoln era
en realidad una mujer barbuda, o la trama encubierta que rodeaba al
tráfico de zumo de naranja en Nicaragua?... Esto es algo totalmente
imposible, impensable y... ¿Ya he dicho que es imposible?”.
“Pues precisamente por eso”, insiste Hank.
Jonathan,
hasta ahora callado como una tumba, no puede más y habla: “Vale
Hank, yo te creo. ¿Qué quieres que hagamos?”, dejándome
a mí pálido como la leche (y también, claro, en
evidencia: soy el único que no se traga una sola palabra de lo
que el viejo nos está contando). Hank respira profundamente y
nos relata toda la historia:
“Ben
tenía un sueño: una vez hubiera conseguido dinero y reconocimiento
se sometería a un experimento que le permitiría dominar
primero los satélites y luego el mundo entero. Tuvo muchísimos
problemas para llegar a donde está, desde sus inicios en Berkeley
a, más tarde, su peregrinar por Cambridge
(Massachussets) en busca de un papel en cualquier teatro de mala
muerte. Una vez incluso interpretó a un Otelo borracho, ambientado
en una Alemania post-apocalíptica destruida por una guerra nuclear
contra Chile. El chico juró venganza y, ahora, lo está
consiguiendo. Hace dos semanas comenzó aquí el rodaje
de una película (se trata de “Jersey Girl”, de
Kevin Smith, con Jennifer López y Liv Tyler, cuyo estreno se
produciría a finales de ese mismo año 2004), un éxito
seguro, y desde entonces nuestros radares y teletipos andan como locos:
el niño crea unas interferencias que vuelven locos a todos nuestros
sistemas. Es tan fuerte su poder que ayer provocó un apagón
durante 14 horas. Lo peor, lo más preocupante, es que creemos
que lo está haciendo a posta: no está conforme con el
catering, lo considera indigno de una estrella de su calibre”.

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