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WHISKY-REPORTAJE
El
ilustre hijo de Berkeley
Por ARÍSTIDES CROWE, periodista y JONATHAN
LEICHT-ROBINSON, periodista, investigador y documentalista
/ Traducción: ERNESTO URRIETA
Salimos
del despacho de Hank con el ánimo destrozado: no sabíamos
si el hombre se había vuelto loco o, por el contrario, en breve
todos seríamos esclavizados hasta la muerte por un ser superior
y maquiavélico llamado Ben Affleck. Era desconcertante. Por tanto,
se hacía necesaria una investigación: necesitábamos
una respuesta. Empezaríamos por su ciudad natal, Berkeley
(California), que un 15 de agosto de 1972 vio nacer a una de las
estrellas más rutilantes del firmamento hollywoodiense. “Ya
no tanto”, nos corrige un barrendero de la calle, al que luego,
curiosamente, un perro aparentemente tranquilo ataca sin compasión
hasta despellejar vivo. Huimos de la escena del crimen: creemos saber
quién es el causante de semejante salvajada.
Llegamos
a Berkeley dos días después, cansados y con hambre; la
comida de los aviones es realmente insípida desde el 11-S: nada
de viandas que se corten con cuchillo, sólo sopas y cosas blandas.
Jonathan tiene una pesadilla en la que cree estar en el hospital para
que le extirpen otra vez el apéndice:
“Allí encerrado comí exactamente lo mismo, incluso
aquellos mejunjes sabían infinitamente mejor”. Le calmo:
“Tranquilo, ahora estamos en California, ¡bon apetit!”.
Jonathan suspira de alivio y yo con él: no quisiera verle desanimado,
nuestro cometido parece reclamar para sí todas y cada una de
nuestras fuerzas.
Nada más bajar del avión, otro hecho insólito nos
asalta: centenares de niños, todos con camisetas con la cara
risueña de Ben
Affleck, nos rodean y nos instigan. Quieren saber cuál es
nuestro cometido en su ciudad, pero también quieren hacernos
daño. Uno de ellos arroja un DVD de “Persiguiendo a Amy”
a la cara de Jonathan que éste no logra esquivar, dándole
de lleno en la mejilla izquierda. “Si hubiese sido un VHS, no
lo hubiese contado”. Nos zafamos de los zagales, que siguen arrojando
chapas y pósters de su ídolo a nuestras espaldas y nos
subimos al primer taxi que encontramos. El conductor nos amenaza: “Si
vienen a preguntar impertinencias de Ben, aténganse a las consecuencias”,
y nos señala una pequeña figurita animada del actor que
comienza a silbar I
Don't Want To Miss A Thing de Aerosmith.
Nos
alojamos en el Hotel
Shattuck Plaza, en el 2086 de la calle Allston, un lugar semi-turístico
para ancianos alicaídos y viudas borrachas que huyen de su pasado.
Jonathan me recrimina “Huele a muerto”, y yo le espeto:
“¿No estarás asustado, verdad?”. Jonathan
niega con la cabeza, pero en el fondo siente tanto pavor como siento
yo. En la habitación, fotos de Ben Affleck en "Dogma"
coronan cada pared y la televisión sólo emite el programa
“60 minutos” con el especial “Un día en la
vida de Ben Affleck: el sueño americano de un chico de su pueblo”.
“Arístides, creo que va siendo hora de encontrar una respuesta”,
sentencia Jonathan.

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