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WHISKY-REPORTAJE
La siniestra muerte del hombre-anuncio
Por ARÍSTIDES CROWE, periodista y JONATHAN LEICHT-ROBINSON, periodista, investigador y documentalista / Traducción: ERNESTO URRIETA

4 de mayo de 2004. En Berkeley, un panadero comienza su jornada cuando Jonathan y yo pasamos por delante de su establecimiento: hace pan con la cara de Ben Affleck y ha tenido la genial idea de bautizar sus creaciones como “Bracitos de Affleck”. Cada vez que te haces un bocadillo de salami con uno de esos panes es como si le comieras una extremidad a la celebrada estrella. Vomito sólo de pensarlo. Jonathan, en cambio, se relame: “¡No he probado bocado desde que bajamos del avión!”. “Eso no es excusa”, le recrimino. Jonathan agacha la cabeza y se pierde un espectáculo dantesco: en un callejón, tres chavales apedrean un cine que programa “El mito de Bourne”. El encargado sale a la calle y les grita: “¡¿Qué queréis que haga?! ¡Es la película más taquillera, tengo que ponerla!”. Los chicos se enfadan aún más y siguen tirando piedras a la vez que gritan: “¡Vendido! ¡Gusano! ¡Rata! ¡"Pánico nuclear" sólo la tuviste una semana en cartel!”.

Continuamos nuestro recorrido: el destino final es la casa del señor Tim Affleck, padre de Ben, ya divorciado de su esposa Chris, con quien tuvo otro hijo más, Casey, también actor, conocido por su papel de Virgil Malloy en “Ocean’s Eleven”. Dicen que el señor Affleck vive recluido en su lóbrega casa desde que Ben le retirara la palabra a raíz del divorcio de su madre. Tim ejercía una excelente labor como trabajador social hasta que una depresión pudo con él, obligándole a enclaustrarse en su pequeño hogar. Damos con Tim, que accede a hablar con nosotros: “Yo no sé si Ben puede o no mover satélites con el cerebro, sólo sé que desde que dejé a su madre mi casa siempre es asaltada por patrullas especiales de la CIA en busca de cocaína o de armas de destrucción masiva”. Pregunto si eso respondería a una intervención psíquica directa de Ben Affleck: “No lo sé... ¿Podría ser? Quién sabe...”. No necesitamos más.

Al bajar Marina Boulevard, un hombre-anuncio se interpone en nuestro camino: se dice llamar Carl y anuncia el garito de pizzas recalentadas “Munchie’s”. “Vengan, ustedes son los periodistas, ¿verdad? Les quiero enseñar algo que quizás les interese...”.

Nos adentramos con él en un caserón ajado y roto. Subimos unas escaleras que llevan a una habitación apestosa en la que hay una cama deshecha. El hombre-anuncio se agacha y saca una cinta Betacam de debajo: “Yo antes trabajaba en el Monte Sinaí, el hospital. Esta es la cinta en la que se grabó la sangrienta implantación del chip en la cabeza de Ben Affleck”. “Cuando dice sangrienta, ¿se refiere a que hay mucha sangre o sólo un poco”, pregunta Jonathan. Carl le da una bofetada. Jonathan y yo nos miramos aquella cinta con los ojos abiertos como platos. Carl nos invita a que nos vayamos: “¡Largo!”.

Una vez bajamos a la calle, el cuerpo de Carl sale despedido por la ventana, como impulsado por una fuerza sobrehumana. Nos avalanzamos sobre él, intentando ayudar: “Ha sido Ben Affleck”, y como no entendemos a qué se refiere, volvemos a preguntar, a lo que responde: “¡Que ha sido Ben Affleck, carai!”, pero nada, es imposible que Carl se haga entender: “¡Malditos seáis! ¡Que el chip de Ben Affleck me ha tirado por la ventana!”, y el secreto de Carl se va con él a la tumba: “¡Pero si aún no estoy muerto, maldita sea! ¡¿Queréis escucharme?! ¡Que Ben Affleck me ha matado por daros la cinta!”, siendo éstas sus últimas palabras, vagas y sin sentido alguno, divagaciones de un viejo loco.

Sumario

VISIONANDO EL HORROR

CARA A CARA CON EL PELIGRO

SI ALGO PASA, BEN LO SABE

CRÉDITOS

 






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