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WHISKY-REPORTAJE
Cara
a cara con el peligro
Por ARÍSTIDES CROWE, periodista y JONATHAN
LEICHT-ROBINSON, periodista, investigador y documentalista
/ Traducción: ERNESTO URRIETA
Hace un
calor insoportable en mi habitación del Sheraton
de Newark. Para colmo, anoche se le acabó la batería
a mi portátil y no recordé traer el cargador. Escribo
todo esto en papel higiénico. Nota mental: pedir más
papel en recepción, la cena de anoche no me sentó nada
bien. Jonathan llama a la puerta, exaltadísimo: “¡Hoy
es el día!”. Ben Affleck nos ha concedido una entrevista
en el set de “Jersey Girl”, con la condición de que
no le preguntemos por su relación sentimental con Jennifer López.
“Eso está hecho”, le respondemos a su agente. Ciertamente,
eso nos interesa muy poco.
Michael
Lerman,
ayudante de dirección, nos acompaña a la roulotte de Ben
Affleck: en la puerta, el dibujo de una carta de póquer, un as.
Jonathan y yo nos miramos y dibujamos una pequeña pero definitiva
sonrisa. Michael abre la puerta y nos adentramos en la oscuridad absoluta.
Se cierra la puerta detrás de nosotros y no acertamos a ver cuán
grande es el interior... De pronto, una ínfima luz se divisa
a lo lejos, y al lado de ella una mano nos indica que nos acerquemos.
Una voz metálica del inframundo nos invita a whisky: “Lo
hago yo mismo; siéntense, caballeros; soy Ben Affleck”.
Grabación realizada el 2 de junio de 2004
Arístides
Crowe – ¿Le importa que beba un poco de agua?
Ben Affleck – En absoluto... Y me puedes tutear...
Jonathan Leicht-Robinson – Oh... Eres muy amable…
B.A. – No. Tú, no.
J.L-R. – Perdón...
A.C. – Bien, vayamos al grano : ¿cómo
fue tu infancia?... Quiero decir: ¿tienes un chip implantado
en el cerebro?
B.A. – He esperado esa pregunta durante seis
años. La he temido, incluso. Una vez formulada, veo que no me
afecta tanto. Supongo que queréis saber toda la historia, claro.
Yo era un niño asustadizo, con muchísimos problemas de
autoestima. Era gordo como una patata y ningún niño quería
ser mi amigo. Me construía compañeros de juego con palos
de escoba y ropa usada de la Iglesia. Iba solo a la escuela porque nadie
me quería acompañar, ni siquiera mis padres. Me comía
las uñas de los pies y otras las guardaba para hacer juguetes
o lo que se me ocurriera. Una vez mi padre me llevó al zoo y
me quise quedar a vivir con los tigres de Bengala. Quisieron comerse
mis uñas y cambié de idea. Otro día fui al cine
a ver “Los Goonies” y salí traumatizado: yo quería
ser el
chino de los inventos. Tuvieron que aplicarme electroshocks para
quitarme todas esas tonterías de la cabeza... Pero yo sabía
que no eran tonterías. Cuando crecí y me trasladé
a Cambridge para ser actor tuve que comer barro de la calle y engatusaba
a las ancianitas para que me diesen todos sus ahorros; lo malo era que
también se empeñaban en darme sus últimos gemidos
y yo, que no desdeño ni un chicle revenido, aceptaba complacerlas.
Así conocí a Mary, que no significó absolutamente
nada para mí, pero sí su hijo, el doctor Angus Pettycoat:
trabajaba como cirujano especializado en neurología en el Hospital
Monte Sinaí de Nueva York. Él fue el primero que me
habló de los implantes cerebrales de micro-chips que permitían
el dominio de los electrodomésticos con sólo mirarlos.
Yo fui más allá y le planteé la posibilidad de
implantarme un chip que me permitiera dominar los sistemas enviados
por el hombre al espacio exterior. No le pareció mal y le dije
que cuando tuviese dinero (cantidades ingentes y pornográficas)
volvería para someterme al experimento. Después de “Armageddon”
y del sueldo que recibí, volví al Sinaí y me sometí
a la operación. Desgraciadamente, me daba muchísimo reparo
que me abriesen la cabeza en canal, así que envolvieron el chip
en jamón y me lo tragué. Después de 17 intentos,
por fin conseguimos que el chip se alojase en mi corteza cerebral y
no saliese despedido por mi ojete. Desde entonces, he sido el hombre
más feliz del mundo: ayudé mentalmente a reconstruir la
Estación Espacial Internacional, reparé la Mars I cuando
se estrelló contra Utah por equivocación, desconecté
el DVD que se dejaron encendido cuando abandonaron la MIR
y clasifiqué 28 huracanes peligrosos con ayuda del Meteosat.
Desgraciadamente, en los últimos meses estoy sufriendo una serie
de interferencias que causan unos cuantos desperfectos...
A.C. – ¿Tienen relación con la
caída en picado de su carrera cinematográfica, quizás?
B.A. – Pues... Es lo que me temo.
A.C. – ¿No ha pensado en neutralizar el
chip de alguna forma?
B.A. – Lo he intentado: me comí el otro
día un yogur.
A.C. – ¿Cómo dice?
B.A. – Eh... Perdón... Una interferencia.
Quiero decir que sí, acudí al Dr.
Pettycoat pero me dijo que es materialmente imposible. El chip sólo
morirá cuando yo desaparezca. (Jonathan y yo nos miramos
como diciendo: “¿Y dónde está el problema?”;
Ben Affleck no ha detectado nada, por suerte). ¿Os apetece
una partidita de póquer?
A.C. – No, gracias.
B.A. – Vale.
J.L-R. – ¿Y qué piensa hacer con
el chip?
B.A. – ¿Tú quién eres ?
A.C. – Hola, aquí, señor Affleck,
hola, Ben. Dímelo a mí, ¿qué vas a hacer
con el chip?
B.A. – Supongo que nada. Intentar no fulminar
por error ningún otro vuelo Challenger.
A parte de eso, poco más puedo hacer. Él tiene vida propia,
hace lo que quiere. Hice “Operación Reno” por su
culpa... y así me fue.
A.C. – Pero, es que es usted una persona muy
peligrosa. Usted no debería existir... perdone que se lo diga.
B.A. – Quiero ver muerto a Matt Damon.
A.C. – ¿Disculpe?... ¿Otra interferencia
quizás?...
B.A. – Eh... Ah… Sí. (Desde
fuera, el director Kevin Smith llama a todos sus actores, incluso a
Ben Affleck, para proseguir con el rodaje; nos despedimos de forma cordial
hasta que una tribu de seguratas confunden nuestras cabezas con piñatas
mexicanas. Entre lamentos y sangre oímos un metálico “Que
no queden ni los huesos”).

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